Recuerdo la primera vez que fui llamado para hablar fuera de Chicago. Fui invitado a ir a Indiana. Un caballero me encontró en la estación. Me llevó hasta su casa. Ese era un dÃa de verano muy caluroso. Las persianas estaban cerradas para mantener fuera las moscas y el calor. Él dijo que su esposa estaba ocupada preparando algo para agasajar a algunos amigos; y que él querÃa ser excusado. Él me dejó en esa oscura habitación. Yo no podÃa leer, y me puse muy inquieto. Pensaba si él tenÃa algunos niños, yo salà bajo los árboles, y entonces le pregunté: “¿Tiene usted algunos hijos?†Él dijo: “SÃ, tengo unaâ€; y luego dudó, y continuó, “ella no está aquÃ, mi única hija está en el cielo. Estoy contento de que esté allÃ.†“¿Está contento de que su única hija se haya ido?â€, exclamé. “SÃâ€, dijo él; pero hubo un tiempo cuando yo no podÃa decir esoâ€. “¿HabÃa algo malo con su niña? ¿Estaba sana y bien mientras vivÃa?†“SÃâ€.

















